20 octubre 2015

CUANDO YO ERA JOVEN

XVI CONCURSO DE NARRACIONES

“CUANDO YO ERA JOVEN”
Título: “ Mi punto de partida”
Seudónimo: Muñeca.


Lo que me sucedió en esa etapa de mi vida, me marcó para siempre, me hizo comprender que no hay enemigo por poderoso que sea, que no se pueda vencer, si somos capaces de enfrentarlo con valor y sin ningún temor, con la fe como estandarte, sin bajar la cabeza y seguros del triunfo. Sostengo la teoría que cuando  se trata de ganar cualquier objetivo, el que sea, si nos acobardamos o pensamos que el otro nos puede ganar por ser más poderoso, más inteligente, ya podemos dar por perdida la batalla.
 
 Me ocurrió en el curso escolar 1944-1945. Mi padre escuchando consejos de familiares y amigos, dada su  posición económica, quiso que estudiara en colegios exclusivos de las clases más altas de la sociedad. Ya era  alumna aventajada de piano e idiomas, escribía a máquina con facilidad. ¿Por qué permanecer en una humilde escuela pública de barrio?

Al iniciarse el curso en septiembre de 1944 por recomendaciones me matriculó en una escuela de corte religioso solo para niñas. Con el uniforme blanco y las iniciales en el pecho en marrón, zapatos negros y calcetines blancos, mi carpeta con libros  debidamente forrados.  Peinada con un lazo de cinta sujetando mis cabellos, mi pequeña figura a pesar de tener 12 años, me presenté el primer día de clases. Las profesoras finas y educadas me dieron la bienvenida, me presentaron a las demás alumnas y mostraron la que sería mi aula.

Me di cuenta a primera vista que las demás compañeras de aula me miraban como si fuera algo raro, no era conocida en su círculo social, todas procedían de cursos anteriores, niñas orgullosas y poco comunicativas. Traté de ser agradable con una dulce sonrisa, como respuesta  recibí una fea mueca.

A  la hora del recreo todas salíamos a un patio grande al fondo, unas a merendar, otras a conversar. Nadie se me acercó. Ví  en un extremo a una niña rezagada y de mirada tímida, me acerqué a ella y la saludé. Ella reuía mi mirada, como con mucho temor. Era mestiza y aunque  estaba tan bien vestida como las demás, la despreciaban con gestos y palabras soeces. Allí todas eran de la raza blanca.

Escuchamos  risas burlonas y comentarios  desagradables a nuestro derredor. Al dirigirse a mi me  gritaban: - ¡Negrera, piojo resucitado! –Miraban a Ligia y escupían con gesto de asco.

Aquella situación me disgustó mucho y hubiese deseado no volver más, pero mis padres me aconsejaban que era  una buena escuela, que había comenzado el curso… -tienes que adaptarte…
 Esa  no es como la escuela pública… evita buscarte problemas… no mires a las que te desprecian, piensa que no  son  mejores que tú ¡Crécete!

Seguí los consejos, pero sin apartarme de Ligia. Las demás continuaron aisladas en un cuchicheo constante. Las trataba de ignorar. A ellas lo que más les molestaba era que las profesores desde el primer momento me mostraron afecto y admiración. Yo respondía a todas las preguntas, era más aventajada que las demás, mis notas eran excelentes, no participaba en los  desórdenes que se originaban en el patio, tirándose bolas y papeles y alterando la voz más de lo permitido.  En la clase de religión, también  las superaba, así como  la de idiomas  y música. Con ira murmuraban: -¡Claro! Su padre  le paga repasadores, está en el Conservatorio de Música. ¡Como no va a saber más que nosotras!

Pasó el curso y se acercaban las vacaciones de verano, en la escuela se celebraría una fiesta, también se convocaba a un concurso en  tres géneros, como cuentos, poesía y adivinanzas. Se ofrecieron las bases y se sugirió que se podría trabajar en equipo  hasta de cuatro o individualmente. Quise que Ligia lo hiciera conmigo, esta tímida como siempre rehusó, me decía que no tenía cabeza para eso. Tomé la determinación de hacerlo sola.

 Las demás muy entusiasmada formaron varios grupos y al verme sola  se reían a carcajadas;-¡Pobrecita! ¿Cree que nos puede ganar?

Mientras ellas continuaban con sus hirientes burlas, yo escribía.  En la fecha de entrega de los trabajos, fui la única que participó en los tres géneros, Muchos de mis amigos del barrio me ayudaron consiguiéndome todas las adivinanzas que se sabían Presenté los trabajos debidamente mecanografiados y encuadernados. En total  presenté más de 100 adivinanzas, una poesía dedicada a nuestro héroe nacional José Martí y un cuento  que se basaba en la discriminación racial, una  alusión directa  a lo que sucedía con mi condiscípula.

Se acercaba  el día de la fiesta de fin de curso, la presentación de los trabajos debían ser leídos por sus autores, Sería en un gran teatro, unos de los mejores de la ciudad de Santiago de Cuba.
 
En esos días se había presentado en la  urbe una  epidemia de gripe muy fuerte, la habían bautizado como “El trancazo” Yo fui una de las afectadas, con mucha fiebre y sobre todo con los bronquios muy apretados, tosía mucho y a veces parecía que me iba a ahogar. De todos modos me aferraba a la idea que aunque estuviese con fiebre no iba a dejar de participar y declararme derrotada,  para más burlas de mis presuntuosas  compañeras de estudio.

Mi madre me mandó a confeccionar un vestido de seda azul bordado, del color de mis ojos, muy de acuerdo a mi casi infantil figura, zapatos blancos y mis rubios cabellos recogidos con una cinta del mismo tono del vestido en lo alto de la cabeza.

El pecho me sonaba a más y mejor al compás de mi respiración, tosía sin poder evitarlo y… ¡De qué manera!

Mi prima Mariíta se lamentaba:- ¡Esta niña no puede ir a esa actividad con ese catarro!  ¿No se dan cuenta? – Yo  insistía, con todo fervor elevé una oración a Dios. ¡Dios mío, que yo no tosa en el teatro, te lo pido por favor, que no haga el ridículo delante de tanta gente!

Al entrar al teatro pude comprobar que se encontraba lleno con invitados,  profesores y familiares de las demás niñas. El escenario estaba adornado con cortinas de damasco color vino, con muchas flores y luces. A un extremo, sentados delante de una mesa cubierta con un fino mantel se encontraban los que componían el jurado.

Me senté sudando frío con mis trabajos  apretados contra mi pecho, que seguí porfiadamente silbando a más y mejor y yo clamando:- ¡Dios mío, que no tosa! Las flemas me querían ahogar y pugnaban por salir. ¿Cómo hacerlo con el teatro lleno? ¡Qué angustia! Pero no desistí, me decía: - ¡Resistiré!.

Una a una las concursantes fueron llamadas por los altavoces y presentados sus trabajos, como dije antes, seleccionaron a una de cada grupo en representación de las otras. Se escuchaban algunos aplausos y arengas de los familiares y amigos cada vez que se presentaba una de ellas. Cuando escuché mi nombre y apellidos, dicen que me puse roja como la grana, subí los escalones y me situé frente al público, me ajustaron el micrófono, era la más pequeña del grupo. Por dentro de mi iba orando sin cesar: - ¡Qué no tosa Dios mío! Sin vacilar ni un instante comencé a leer primero el poema, escuché una cerrada ovación al terminar. Lo había recitado con gran emoción. Acto seguido leí el cuento muy despacio y con buena entonación. Otros aplausos puestos de pie.

Al terminar las demás participantes, nos quedamos  paradas en el escenario, hasta que el jurado diera su veredicto. Ni me atrevía a respirar, trataba por todos los medios de no toser y seguía mentalmente implorando.  Mientras miraba el numeroso público que llenaba la  amplia sala y pensaba:- ¡Ay Dios mío, me caigo muerta de vergüenza si toso y esta gente se ríe  de mí! ¿Por dónde salgo?

No puedo precisar el tiempo que duró aquella crucial prueba en mi joven vida, solo se que escuché a la directora de la escuela que jubilosa anunciaba:

¡El jurado por unanimidad ha declarado como única ganadora en los géneros de poesía, adivinanzas y cuentos a… Mi nombre muy alto:

Yo no sé qué pasó, me sentí rodeada por todos los profesores que me abrazaban y besaban con las más efusivas felicitaciones. Los flashes de las cámaras fotográficas me aturdían, me llenaban los brazos de regalos y ramos de flores. Para mi asombro,  todas mis detractoras subían al escenario a felicitarme entre besos y abrazos.

En su butaca mi prima Mariíta lloraba ¡Era tan sentimental!

¡Gracias  Dios! No tosí, hasta creo que con la emoción se me quitó la gripe.

Eso sí, a pesar de la victoria,  en el próximo curso no volví a esa escuela, preferí la pública, donde todos éramos iguales.

Esta historia para mi fue una gran lección y el punto de partida de lo que sería mi futura personalidad, totalmente despojada de orgullo y vanidad, apegada a las causas justas y sin temor a enfrentarme a cualquier batalla

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